miércoles, 18 de marzo de 2015

Capítulo 1

Alguna vez han pensado que lo que no existe en realidad si existe y que el mundo no sea como nosotros lo conocemos quizás no estemos solos o eso es lo que pensamos, nuestra intrincada realidad solo nos deja creer en lo que ya sabemos, pero tenemos que permitirnos soñar, pensar en todo lo inexistente, en que también las apariencias pueden engañar, que no en todo lo creemos es como lo vemos y aquí empieza la historia
La noche era fría, un frio estremecedor, solo se escuchaba el sonido del viento, las ramas de los árboles se movían, como danzando, como parejas bailando en un gran salón, de esas que bailan al ritmo de la música clásica, una música tan exquisita en sus tonadas y melodías. El cielo estaba estrellado, iluminado por bellas estrellas sostenidas en un cielo de oscuro color.
En la mañana todo era diferente lo más hermoso era poder apreciar el oslo, tan bello, ver como la luz vence a la oscuridad, que se marcha, para luego vencer a la luz en el crepúsculo y así todos los días, una lucha interminable entre la oscuridad y la luz.
Valeria se despertaba temprano para poder observar esa pelea fugaz, una pelea interminable; pero ella jamás se lo perdía, Valeria era muy curiosa, le encantaba salir al campo a observar mariposas, esas que aletean por todo el mudo, conociendo lugares, para llenar al cielo de sus más bellos y emblemáticos colores.
Valeria se encantaba de verlas revolotear, volando de flor en flor. Valeria era muy linda y feliz, tenía unos ojos azules, azules como el majestuoso mar, que golpea insistente la costa y el litoral, su cabello era rizado y rubio como los destellos del sol, su boca, con una frescura matinal, su piel tan suave como la rosa, de piel blanca como las rusas que pasean por las calles de Moscú con su exuberante belleza.
A pesar de ser adoptada, ella era feliz con esa familia, ellas los quería como si fuesen su verdadera familia y ellos pensaban lo mismo de Valeria. Su padre, Cornelius, era un coronel de la fuerza aérea de los Estados Unidos de América, tenía una edad como de cuarenta años, de cabello oscuro como la noche. S u madre, Teresa, era una famosa escritora de poesía, le encantaba escribir sobre la soledad y la tristeza.
Todos los días se reunían juntos a charlar, a leer, cantar, o algo que los entretuviese, siempre se les veía felices, nunca discutían, eran una familia muy reconocida en el país, ya que eran de una clase social muy alta y también eran muy respetados por sus iguales, era una familia a la cual le fascinaban las artes y la cultura, su clase social los mantenía muy al tanto de sus fascinaciones.
Valeria no era la única hija de Teresa y Cornelius, ellos tenían tres hijas biológicas. Eunice era un año menor que Valeria, Eunice tenía once años de edad, era de piel blanca como su padre, pero su cabello era castaño y liso como el de su madre, de grandes ojos pardos. Las otras dos niñas eran gemelas y tenían trece años, eran idénticas como dos gotas de agua, ellas eran trigueñas como las latinas, sus cabellos eran oscuros como su padre y de ojos grises, solo se podían diferenciar por su forma de ser. Las cuatro eran muy unidas y querían a Valeria como si fuese su propia hermana, aunque todas sabían que no lo era, pero esto no les importaba, para ellas que no tuviera su misma sangre no era un problema.
Conocían muchas partes del mundo, siempre se les encontraba viajando, Britany, la menor de las gemelas era muy inquieta, siempre rompía algo o se metía en aprietos y Briseida, la mayor de las gemelas era todo lo contrario a su hermana, a Teresa le encantaba viajar mucho, eso lo aprovechaba para escribir sobre todo lo que había en el lugar que visitaba, eso era más como una obsesión para ella que como un pasatiempo. Valeria y su madre tenían un gusto particular por la naturaleza y siempre les encantaba decidir viajar a los mejores campos y praderas del mundo. Para ellas dos era muy encantador y relajante viajar a lugares impregnados de tal magnificencia y hermosura, les encantaba respirar el aire fresco, pues no les gustaba mucho la agitada vida de la ciudad, está también era una de las más grandes razones para que a Teresa siempre se le encontrara de viaje.
Había lugares que eran sus favoritos, por las razones ya antes dichas. Casi siempre se disponían a viajar a lugares como: China, Rusia, Brasil, Inglaterra y muchos otros, conocían infinidad de paisajes majestuosos, de cada lugar al que viajaban tenían cientos de fotos, cenaban en los mejores y más finos restaurantes, se hospedaban en los mejores hoteles de cinco estrellas, hoteles engalanados de las más finas porcelana, mesas de las más finas maderas, todo tipo de excentricidades que se les pudiera ocurrir era cumplidas con la mayor rapidez posible por sus empleados, pero lo bueno era que esta familia no abusaba de sus facilidades y criados.
Después de un largo viaje, el cual había durado más de cuatro meses, llegaron a su hogar, una gran mansión, con un estilo colonial muy fresco, de un hermoso color nácar, en la mansión habían sirvientas, mayordomos, institutrices, cocineros, amas e llave, esa mansión más bien parecía un castillo con cuatro hermosas princesas y dos sabios reyes. En la mansión tenían un jardín en el cual había de todo tipo de flores, había lirios, orquídeas, rosas de todos los colores, violetas, girasoles, margaritas, ese jardín bien parecía un gran arcoíris surcado en el suelo de bellos colores.
El cuarto de Britany estaba decorado de un color salmón, de esos que se parecen a las flores de las praderas. Tenía una gran recamara decorada de finos y costosos adornos, con bailarinas de ballet con sus rosados tutus, danzando al ritmo de las melodías de los pájaros, los pájaros, guardianes del cielo que con sus feroces espadas defienden sus nidos y a sus crías tan indefensas como una rosa, en los bosques de gigantes dormidos esperando ser despertados algún día para luego marcharse. Britany tenía una gran obsesión por las sirenas, esas ninfas del mar que nunca se dejan ver, y que con su canto melodioso atraen a los más fuertes marineros y piratas de altamar, que fieles a sus oídos acuden al llamado, llamado de bellas cantantes marinas mitad pescado mitad persona. Por ello su cuarto se encontraba decorado por muchos adornos de estas guardianas del mar.
El cuarto de Briseida era muy parecido, lo único que su obsesión no eran las sirenas, eran las hadas, esas que cuidan las grandes fortalezas de verdes colores, que dan aliento, abrigo y refugio a los indefensos, esos son los bosques, para ella todas las cosas que pasaban en esos lugares tenían algo que ver con las hadas, si en algún dado momento el día oscurecía por culpa de unas grises nubes y empezaban a caer insistentes las gotas de lluvia era porque un hada se encontraba triste, si el día se encontraba soleado, inmerso en un agradable calor, eran las hadas las responsables, todo, todo para ella tenía una gran relación con esos seres mitológicos, era como una obsesión, obsesión de niñita, pues cuando uno pequeño es cree en todo lo que le dicen, o en cualquier ser de procedencia fantástica, ilusiones propias de la niñez, pero que con el tiempo se olvidan y solo permanecen como un recuerdo perdido entre las memorias de las personas.
Eunice era un poco más sombría, en cierta forma, su cuarto con un poco de gótico, ya que su afición eran los vampiros, esas sanguijuelas que le succionan la sangre a sus víctimas y no las sueltan hasta estar satisfechos, esa era se extraña pasión, lo sombrío, era a la que menos le gustaba la naturaleza, ella prefería pasar todo el día en su cuarto, no le gustaba mucho salir a pasear, era la que más renegaba cuando todos decidían salir a pasear. Sus padres hacían de todo para tratar que ella fuera más sociable, pero todo era en vano.
Su padre pocas veces viajaba con ellas, su trabajo se lo impedía, por esa razón siempre aprovechaba al máximo el tiempo que les podía dedicar a ellas; pero había ciertas fechas que él nunca se perdía, esas fechas consistían en los cumpleaños de sus adoradas hijas, las llevaba a otros países, el que ellas eligieran, sus hijas nunca perdían clases, pues tenían sus propias institutrices y músicos que les enseñaban a tocar todo tipo de instrumentos musicales, desde los instrumentos más simples hasta los complejos.
Su padre era un fanático da la música clásica y de sus grandes exponentes, por eso él quería que sus hijas aprendieran a tocar este tipo de música, ellas sabían tocar más de cinco instrumentos musicales y no solo eso, también tenían sus propias maestras de canto, las cuales les enseñaban todo tipo de tonadas y hasta las notas más complicadas. Cada día se escuchaba en la casa un repetitivo "do, re, mi, fa, sol, do, re, mi...". Cuando su padre Cornelius se encontraba en casa, todas se ponían a tocar sus instrumentos, parecían una gran orquesta musical. Briseida era la que de todas cantaba mejor.
Casi siempre que Valeria se aburría salía al campo a observar mariposas, solía pasarse horas y horas apreciando el campo, las flores y la frescura matinal de un pequeño riachuelo que se encontraba cerca de la casa, sus hermanas la acompañaban la mayoría del tiempo. Valeria se ponía a pensar en su vida, sentía que no encajaba, que no era como los demás, ciertos recuerdos invadían su mente, no eran recuerdos claros ni siquiera concretos, pero sentía que significaban algo aunque fuesen ambiguos, esta era una de las razones por la cual le encantaba estar sola, sin nadie más, esto le permitía poder meditar con tranquilidad y con el apacible silencio de la naturaleza.
Todos los días sentía que le faltaba algo, se sentía incompleta, no sabía que era lo que le faltaba, por eso habían momentos en los que sentía que estaba sola en este mundo y que nadie la podía ayudar en eso, ni siquiera todos los lujos que tenía la hacían sentirse bien, todo lo que ella quisiera lo tendría, pero nada la hacía sentirse bien, nada, aparentaba estar feliz ante toda la familia y nadie lograba notar su inseguridad sobre sí misma..

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